EPISODIO 2. – EL PROFESIONAL
LA BECA
En el diario La Nación, que no sé cómo llegó a mis manos, posiblemente alguien me lo alcanzó (creo que debió ser eso) apareció un pequeño aviso done el Servicio Meteorológico Nacional, dependiente de la Fuerza Aérea Argentina, ofrecía una beca para estudiar Meteorología a doce estudiantes de todo el país: serían seleccionados por sus promedios en Matemática. Estuve a punto de desinteresarme, porque en 1960 la Meteorología me decía muy poco. No había llegado la época de los satélites ni las simulaciones computadas ni el calentamiento global. Pero de todos modos mandé la documentación.
Y gané.
RECORTE DE LA BECA
También la conocida meteoróloga de la TV, Nadia Zyncenko, surgió de estas becas.
Increíblemente, fui seleccionado con otros once chicos y muchachas de todo el país, para estudiar Meteorología. Pero no todos los doce. Habría una preselección. La misma consistía en un curso de ciencias, y un análisis psicológico. Me dieron mucho dinero, lo que sirvió para armarme un guardarropa, hasta con traje. Y para viajar a diario a Buenos Aires. Convertido en un “señor”.
La chica que me gustó, en el curso, era extremadamente mental, un genio. Ella gustaba de mí, pero más gustaba de la carrera y el estudio. Me hice muy amigo de un santiagueño, flaco y narigón. También había una chica más gordita o redondita, digamos, con la que éramos muy amigos.
Pues bien, los cursos fueron magníficos, la gocé, saqué muy buenas notas. Perfecto.
Las entrevistas con la psicóloga O. V. Kestelboim fueron mucho más de lo que esperaba. Hablé de mi madre (dejé de aborrecerla), lloré, cambié de punto de vista ante la vida, perdí mi timidez, y decidí que la psicología era mucho mejor que la meteorología.
Pero… de esas sesiones de psicología surgió que yo “odiaba” la matemática (mentira) y que lo mío eran las humanidades (cierto). Y ese informe era tan importante para la evaluación como el curso científico.
Pero hubo otra cuestión, que fue motivo de muchas discusiones entre los cursillistas. Nos enteramos que los seleccionados debían firmar un contrato de exclusividad con la Fuerza Aérea por diez años.
¡Diez años!
Para un pibe de 18 o 19 años, diez son la eternidad y más allá. Así que mi amigo y yo, y otros varios, estábamos decididos a NO FIRMAR.
Al no resultar seleccionados, ninguno de los dos, bueno, no fue tan duro el golpe.
¿Qué hicimos? Pues, nos inscribimos juntos en Ciencias exacta, para seguir... meteorología.
FRONTERA
El hecho, en lo que hace a esta historia, es que esa inyección de fondos y los viajes diarios a Buenos Aires me convirtieron en guionista de historietas.
El primer lugar donde fui, desde luego, fue a Frontera, la que editaba las revistas que me habían inclinado a la profesión.
La redacción estaba en la calle 3 de febrero, del barrio de Belgrano. Muy amablemente me indicaron: ”lo sentimos, aquí solamente escribe Héctor Oesterheld”. ¿Y Sturgiss, y De la Vega? “Son seudónimos suyos”. Ah...
DELITO
Frustrada mi primer “entrevista de trabajo”, acudí al kiosco.
Por entonces teníamos acceso a kioscos nutridos, con cientos de revistas (sí, cientos, los puestos de diarios y revistas estaban repletos de historietas de todo tipo; y la mayoría argentinas)
Entre esas revistas –que además podía comprar– había una pequeña, con historietas policiales. Se llamaba Delito, y era de Editorial Divito, la misma que sacaba Rico Tipo.
Me acuerdo que me impactaron los dibujos de Di Benedetto.
En la retiración de tapa pedían guionistas y dibujantes.
Dibujé una página de cowboys, con unos caballos.
Hoy, siglo XXI, hubiesen sido publicados con beneplácito por cualquiera, hasta considerándolos “de vanguardia”. Pero en 1960 Alfredo Levalle, quien me recibió muy amablemente, me dijo que “no eran caballos ni nada”.
Le dije que también tenía algún guion (ya había conseguido la máquina Mercedes) y se los dejé. No sé cuándo, supongo que una semana después, volví a las oficinas de Diagonal Norte 615, creo recodar que al 6º piso.
Y Levalle me dijo con un asentimiento de cabeza sumamente favorable, que “estaban muy bien” y que hiciera más. ¡Que hiciera más!
¡Uh! ¡Uh! Recuerdo la alegría que me produjo aquello. ¡Estaban muy bien! ¡Lo que yo escribía valía la pena! Ahora yo no era un pibe con una carpeta diciendo “hago historietas… y si no sirve, también escribo guiones…”. No, ahora yo era alguien que “trabajaba para Divito”: esa fue mi carta de presentación en los meses siguientes.
“Vendí” (comillas porque nunca los cobré) siete guiones a Divito, tres policiales, tres de cowboys y uno de guerra. La guerra, la Segunda Guerra Mundial, era un tema común, en esos años. Hacía poco más de una década que había terminado.
La revista Delito dejó de publicarse, no figuré en sus páginas. No importaba.
El método, repito, era sencillo: elegir alguna de las revistas que pululaban, tomar su dirección y presentarme como “guionista de Divito”.
GENTE JOVEN
La primera editorial que seleccioné fue una que se llamaba “Gente Joven”. La dirección era Avenida Pavón (hoy Hipólito Yrigoyen) 2297, 1er. piso, oficina 1. Gerli, partido de Avellaneda. No me amedrenté por lo exótico de la dirección. Nada me amedrenta nunca, y, además, muchas editoriales de entonces estaban en lugares insólitos (como un conventillo)
Con la Guía Filcar, que fue lo primero que compré, busqué el sitio. Tomé el tren (conocía Gerli, era mi tren, el que usaba para ir a Buenos Aires), crucé el puente larguísimo que lleva a la zona poblada y llegué a la avenida. Gerli es una parada en medio de un enorme campo del Ferrocarril donde se depositan formaciones de carga en espera de movimientos.
La dirección estaba justo enfrente de la terminación del puente, y abajo había una pinturería. Subí al primer piso, y ahí estaban: Andrés Cascioli, con su sonrisa tatuada. Alberto Giormenti, recatado. Miguel Matejka. Kuky Blotta (Oscar Blotta hijo, que luego firmaría Oskar y entonces Koblo) Creo que ese día estaba también Blanco, un guionista “mayor” (que yo) y bien vestido. Sospecho que firmaba “Joaquín Miró”.
Debido a la importancia del dueño de esta editorial, José Alegre, le dedico un capítulo aparte.
VIMA
En aquellos primeros tiempos, quizás pocos días después de pasar por Gerli, visité la editorial Vima, de un tal Mamut, que era una especie de alter ego de José Alegre. Estaba enfrente de una placita, por Salguero, en uno de los “Palermos” de hoy.
A Mamut lo vi sólo alguna vez pasando, nunca hablamos.
Vima sacaba una revista llamada Maverick, que al parecer había sido de Alegre, o de ambos habían sido socios, esto es lo más probable. El tipo de revistas era semejante, de “antología” como se dice ahora. Es decir, sin personajes fijos o con personajes ocasionales (el caso de Maverick, serie de televisión) y varias historietas de diversos temas.
Maverick estaba inclinada al tema cowboys, como luego lo estaría Tucson, de Gente Joven. Cascos de Acero, también de Alegre, se ocupaba del tema bélico.
Ambas eran, lógicamente, hijas de Oesterheld, de Hora Cero y Frontera.
Creador en 1955 de la revista picaresca Qué Kilo!, el dibujante y periodista Vicente Mamut lanza en 1959/60 las revistas Bala de Plata y X-9 bajo el sello editorial VIMA. En sus primeros tiempos la revista se especializó en personajes del Oeste (especialmente los creados por la Marvel en los años 50) o series como “La ley del revolver” (la versión inglesa), pero también dio oportunidad a jóvenes guionistas y dibujantes que con el tiempo harían carrera en la historieta, tales los casos de Armando S. Fernández (Arsefé), Pedro Mazzino, Gustavo Trigo, Ascanio y Lito Fernández, entre otros.
La edición mensual tenía un tamaño de 14 x 19 cm mientras que el formato de la versión Extra era de 18 x 26 cm, aunque hubo ediciones que superaron esas medidas. Hacia 1963 tanto Bala de Plata como X-9 pasaron a ser propiedad de Nómina Editora y fueron dirigidas por el dibujante Fabián Paley, quien había sido Secretario de Redacción en la época de Vicente Mamut. En 1977 apareció un título similar que reeditaba material ya publicado en otras revistas, aunque ignoramos si también de la “vieja” Bala de Plata.
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Fue Vima quien publicó, en 1962, mi historieta rotulada como Nº 1: Caravana (Más allá del desierto), ilustrada por Alberto Sayago. En Bala de Plata nº 16, de marzo.
Apenas escribí mis primeros trabajos decidí comprar un cuaderno y empezar a registrar los guiones que escribía, dándoles un número correlativo (por eso sé cuántos llevo escritos –rozando los 9000 en 2023)
Registré la fecha de creación, a quién se vendí, quién lo dibujó y dónde y cuándo se publicó. Para registrar la fecha se me ocurrió una codificación muy efectiva, que me permitía saber cuándo había escrito algo con sólo una mirada, y permanecía indescifrable para los clientes: no era bueno que pensasen que uno les vendía algo que tenía cuatro o cinco años de hecho. Simplemente, ponía la fecha al revés. Por ejemplo, el día que recuperamos la democracia sería 282101.
Cuando empecé a incursionar en otros géneros, agregué una inicial delante, en mayúsculas: H para historieta, F para fotonovelas, C para cuento, N para novela, etc.
De modo que la historieta Krantz, primer episodio es H2138-184012. Es decir, fue escrito el día 21 de abril de 1981, número de guion 2138.
Es una documentación importantísima, que creo pocos profesionales del medio han tenido la precaución de hacer.
Estuve haciendo pasar en computadora, a una planilla, esos cuadernos.
Últimamente los estoy escaneando, ya que no hay tiempo ni dinero para copiarlos a la PC.
A pesar de tanta tecnología, buscar Krantz en ese cuaderno escrito me llevó sus buenos diez minutos...
Los primeros trabajos los firmé “Jo”, porque (seguramente desde la lectura de Mujercitas) me había gustado mucho el nombre, y no podía averiguar si era solamente femenino o también masculino.
Finalmente decidí usar mi nombre completo. De lo que me arrepiento es no haber hecho pronunciar mi apellido correctamente desde el principio. Me hubiese ahorrado, ya lo veremos, alguna discriminación.
Se pronuncia el diptongo “ai” en francés, aproximadamente “Morén”.
Bueno, ahora que lo pienso, acaso en los ’60 tampoco yo sabía que se pronunciaba así...
GUIONES
Según mi archivo, entonces, mi guión numerado “1” es Caravana, publicado como “Más Allá del Desierto”, con dibujos de Alberto Sayago, en la revista Bala de Plata Extra 16, de marzo de 1962, por entonces de Mamut. Figura como escrita en 1960, sin datos de día.
La “verdadera primera”, “¿Por qué?”, ilustrada por Miguel Luis Matejka, y publicada en Casco de Acero Extra, la tengo como número 45, escrita el 27 de junio de 1961.
También figuran los guiones vendidos a Divito (que nunca fueron pagados, porque cerró la revista: Cavar, La Trampa, Un caballo Pinto, La matanza de Kansas City (ya me documentaba fuerte), Cara Cortada (sobre Al Capone, Scarface), Sucedió en Dodge, La lucha a muerte de Big Smoker. La primera fue escrita el 5 de noviembre de 1960, y la última el 26 de febrero de 1962.
Entre ambas hay dos para Vima y una para Cascos de Acero, Los hombres que matan.
Nueve historietas en cuatro meses. Buen promedio.
Ya planeaba mis personajes, y la número 11 corresponde a “Pennsylvania Road”, una patrulla de carretera. Nunca pude publicar un solo episodio de este personaje. Pero fue el primero.
ULTRATUMBA
Otra editorial que conseguí de los kioscos fue la editora de “Ultratumba” y “Más allá del terror” (títulos que después publicaría Alegre, pero no creo que hubiera registro de los títulos) Estaba en la casa chorizo que describiera al principio, en la calle Herrera, en Barracas, un lugar que ahora está ocupado por la Autopista 9 de julio.
Allí, o en algún bar de alrededor conocí a Julio Donadío.
(Me encantaba el bodegón “Zur Blauen Donau”, que daba a Montes de Oca, pero creo que nunca estuve allí; me atraía el nombre y el aire romántico de “lugar donde lloraba el tano con su ‘bon vin’”)
De Donadío que me queda una imagen de muchacho flaco y demasiado fumador.
Sacaba alguna revista como “Fuego” o “Combate”, esos nombres que, como los de arriba, circulaban de uno a otro “pirata”.
Del término “pirata” aplicado a los editores “off” hablaré luego.
Allí escribía guiones él, y contrataba a otros, así como dibujantes.
Recuerdo claramente una historia donde Félix Saborido sacaba un muy buen Pratt al estilo Tarawa (historieta publicada en el Hora Cero Extra)
Fue con Donadío que fui, en uno de esos encuentros, al conventillo del Negro Flores.
BORELLO, TORINO, GARAYCOCHEA
Creo que fue allí o en Vima donde conocí a Eduardo Borello, un muchacho morrudo, buen dibujante cómico, quien me llevó a Torino, para quien hice algunos episodios de Don Nicola,
“Estofado en el conventillo”, “Trigidia en Buenos Aires”, “Palo bonito”, “La China ingrata”. No sé si se publicaron. Quizás sí.
A la salida de Torino, un día, con Eduardo Borello, él me invitó al diario Crítica, en Avenida de Mayo, diseñado por Jorge Kalnay en 1928, en estilo art dèco. Un edificio majestuoso, en 2023 Superintendencia de la Policía Federal.
Fuimos a la redacción, donde un joven dibujante hacía sus monitos sobre un tablero, y mostraba bajando la voz y con respeto a otro profesional del dibujo, mayor que nosotros.
El pibe era Carlos Garaycochea, y el señor mayor era Lorenzo Molas, ambos (¿cabe decirlo?) próceres del dibujo humorístico nacional.
Lo mismo que don Héctor L. Torino, dandy si los había, siempre atildado y chapado a la antigua, con un bigotito lustroso.
ZERBONI
También viajé, en un fatigoso viaje en colectivo, hasta el Parque Chacabuco.
A una cuadra de allí, en un departamento, estaba la Editorial Tiempos Modernos, de Álvaro Zerboni. La dirigía un muchacho ceñudo, Juan Zahlut.
Editaban la revista Totem. Juan gustó de mi trabajo y me pidió que hiciese guiones sobre series de televisión: Sugarfoot, Los Jinetes de Mackenzie, Calibre 44, Perry Mason.
Siguiendo mi método de siempre, que nunca abandoné, dije que sí, y después me enfrenté al grave problema. ¡Yo no tenía televisión! Ni siquiera tenía luz eléctrica, digamos. Es más, eran muy pocos los receptores que había en Máximo Paz.
De chico íbamos con la barra al bar El Triunfo, de don Oscar García, en la esquina de San Eduardo y Belgrano, a ver El Cisco Kid y Patrulla de caminos. Una panzada. Después de eso algunos otros compraron tele.
Entre ellos un compañero de primaria, Carlos ‘Carlín’ Barragán. Así que tuve que molestarlo, y ver al menos un episodio de esas series para saber de qué se trataba y, sobre todo, los nombres de los personajes y las locaciones.
Más adelante me pasarían cosas parecidas. Pero peor. Creo que los tres episodios que hice se publicaron, pero jamás los vi.
BRUGUERA
Conseguí escribir para Bruguera, pero era complicado (aunque pagaban bien) Se trataba de leer un librito de cowboys de la casa y adaptarlo. Llegué a escribir una sola historia, Norte contra Sud, que estoy seguro que se haya publicado: nunca vi la revista.
SERIES DE TV
El tema de las historias de series de televisión, que hoy llama tanto la atención por el hecho de que nunca se pagaron derechos, era bastante habitual en los ’60.
Como dije, la revista Maverick jamás pagó derechos por la serie con James Garner.
Además de lo de Totem, hice para Donadío un episodio de 77 Sunset Street, otro de Ballinger de Chicago.
Así como lo de ETM, tampoco sé si apareció lo de Donadío. Nadie te daba revistas, ni te avisaba de la publicación de lo tuyo, y uno no podía comprar todo lo que había en los kioscos, ni revisar las revistas sin comprarlas.
O sea: pude salir a Buenos Aires, a vender mis trabajos, gracias a la beca de Meteorología.
Si no. me hubiese podrido en Máximo Paz y seguramente (o no) habría llegado al sumun de entrar al Banco el anhelo de mis padres (y de todos los otros padres).
La beca me permitió vestirme decentemente y disponer de un dinero con el que moverme. Después empecé a cobrar, y ya fui “guionista de historietas”.
Todo muy rápido. Muy rápido.
TEATRO, inicio
Pasado un tiempo desde mi llegada a Máximo Paz, se instaló a dos cuadras, en lo que fuera la casa (humilde) casco del campo de los Hunter, la familia tucumana Zamorano.
No sé cómo comenzó mi acción pública, a través de la Sociedad de Fomento de Villa Hunter, que fundamos en 1960 (la primera de Máximo Paz) Pero sin duda fue de la mano de Víctor Zamorano, que me consideraba casi su hermano menor. Él tendría entre 25 y 30 años.
Seguramente un tiempo antes me había relacionado con los vecinos Gucevich, Juan y Gustavo, que vivían al fondo del loteo, unas seis cuadras de mi casa, cuadras largas de campo, campo: vacas, caballos, ovejas sueltas, desolación, viento. Un arroyo poco después del final, lugar de pesca, baños y amoríos.
A Víctor le gustaba la música clásica (aprendí mucho), tocaba el violín, y tenía una victrola, donde escuchábamos discos de pasta y algunos de vinilo, entonces la modernidad. Era dibujante y pintor aficionado.
Víctor me invitó a acompañarlo a sus tareas artísticas en el Club Social y Deportivo Villa María. Había un grupo de teatro de aficionados, y Víctor se ocupaba de pintar los telones de fondo, la escenografía. Lo ayudé a hacer esa tarea.
Posiblemente allí nació mi afición por el teatro, viendo actuar a los aficionados del pueblo.
El club estaba ubicado, entonces, en parte de la casona de Pereda y San Martín, desde esa esquina hacia San Eduardo, a mitad de cuadra. Sobre San Martín había un frontón de pelota a paleta, de la misma casa. Luego, en toda la esquina, la casa familiar, una de las piezas siguientes a la calle, el consultorio del doctor Manuel Medel, que concurría una vez por semana desde Monte Grande, atendiendo al pueblo como parte de los servicios del Club. A continuación, había un salón de ocho o diez metros de ancho, con piso de pinotea y un gran espejo en el fondo (que aún se conserva en el Club): era el salón de baile. Hacia el interior de la manzana se desplegaba un patio interior con galería. Con una pared encalada al fondo, donde se proyectaba cine. En el bloque del otro lado del patio estaba la cocina. Seguía hacia San Eduardo un patio de tierra con grava, grandes eucaliptos, palenque en la vereda para atar los caballos de montar y de los sulkys. En los 60 ya se había traslado al edificio actual, en Avenida Celedonio Pereda 471.
Una vez casado, seguimos mantenimiento con mi mujer la amistad con Zamorano, y cuando ella estudió violín practicaban juntos.
A los 26 años armé mi propio grupo de teatro en el Club, “Centro de Teatro Joven”, y escribí una obra, una comedia de situaciones, inspirada en una fotonovela que debo haber leído en la revista Nocturno, que compraba para mi esposa.
Se llamaba “Yo y las mujeres”. Fui además el director, escenógrafo, sonidista, y... primer actor.
Había una muchacha del Ejército de Salvación que producía un malentendido típico de las comedias de enredo. Y utilizamos una cama.
Cuando se corrió la voz de que en la obra había una cama, los miembros de la Comisión Directiva, seguramente Marcelino Vicente, Ignacio Concincina, Pineros, Manolo Santamarina, se opusieron al estreno de la obra.
Los muchachos y chicas de mi elenco, entonces, nos aglutinamos y decidimos seguir adelante. Pero les pedimos permiso para ofrecerles un “preestreno” sólo para la Comisión.
Se hizo la puesta, y los viejos quedaron satisfechos con la trama, vieron que era absolutamente inocente e inocua.
Y estrenamos, el 21 de enero de 1967.
Eran 14 chicos y chicas. Pude estrenar gracias al malentendido de la cama, que nos hizo cerrar filas por rebeldía. Si no, era seguro que se me hubiesen ido.
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