VIVIR DEL CUENTO

Jorge Claudio Morhain Suárez

EPISODIO 1.- DE CÓMO MIS COMIENZOS EMPIEZAN DONDE TERMINO SIEMPRE: EN H.G.O.

 

Lo primero que me viene a la memoria es el olor a patas.

Es como un símbolo de toda aquella época de editoriales hechas en una piecita de la casa, de dibujante-obreros habitantes de zonas marginales.

Bernat, Donadío, Flores

Había llegado con mis originales a “Más Allá del Terror” (título que después usaría José Alegre), una vieja casa chorizo de la calle Herrera, hoy ubicada donde está la autopista 9 de Julio Sur. Allí estaba Miguel Bernat, que yo recuerdo de grande, aunque por entonces debería ser joven: lustros después trabajé con él en “Jardincito”. La editorial era una pieza que daba a la calle, con algunos atados de revistas de devolución.

En realidad no sé si fue Bernat o Julio Donadío, el guionista-editor que también vivía por ahí quien me llevó a la casa del Negro Flores, un excelente dibujante en el estilo llamado “funny”, o “fany”: estilo claro y juvenil estilo belga.

Este Donadío tenía una revista donde Félix Saborido imitaba a Pratt, con guiones de aquél, y otras muchas historias. Finalmente, la mujer lo mató con un mate envenenado (!), porque la fajaba.

Entramos a un conventillo, en una calle lateral a Heredia, exactamente en lo que es hoy la autopista. Empezamos a pasar patios y traspatios. Había piletones con señoras lavando, nenes llorando, un tipo que había hecho de su cara una carnicería, porque se estaba afeitando. Subimos una escalera y entramos a una pieza grande, de techos altos y una ventana con barandilla abalconada, con piso de madera, con una guitarra, una cama y poco más. Y olor a patas. Allí vivía y trabajaba el Negro, un talento desperdiciado.

“A los quince años tuve la primera publicación, era con un editor de Barracas al sur; Julio Donadío, que después enloqueció, como en una novela de Arlt... Era un personaje auténtico de Barracas, de Buenos Aires, un barrial extremo, vivía en un conventillo, ahí, en las profundidades de ese rioba. Desde su minúscula cocina colectiva, engominado y con una robe de chambre harapienta, sacaba una revista llamada Rápido Joe, que escribía toda él. Era un dibujo perfecto, Julito, pero yo aún no me dedicaba al barrio… Ahí debutamos Lito Fernández y yo, como dibujantes. Las primeras publicaciones las tuvimos ahí.”

José Muñoz Entrevista de Lucas Nine en “Sacapuntas”

 

Olor a pata. Por dónde vengo a empezar esta historia… Pero sí, por entonces frecuentaba departamentos, fondos, altillos, oficinitas, esos lugares insólitos donde se hacía la Historieta Nacional. Esa, tan ninguneada, la que leía el populacho o la “gente de pocas luces” (Cascioli dixit).

 

A ver. Repetiremos la historia contada y recontada, aunque nunca en papel.

 

Nací un sábado de gloria, como a las cinco de la tarde, en la ciudad de Buenos Aires, el 9 de abril de 1942. Pero mi vida propia comenzó cuando nos mudamos a un pueblito de la provincia de Buenos Aires, Máximo Paz. Una aldea, entonces.

BUENOS AIRES

Leí mucha historieta de niño. En Buenos Aires, donde estuve hasta los 10 años, vivíamos en el Pasaje Esnaola, que iba de Diaz Vélez a Estivao, donde había un depósito Municipal lleno de trastos y gatos (ahora hay un barrio).




 Esnaola 668 (2023)

Y en la otra cuadra, a la vuelta de esa calle, Ramos Mejía, estaba la parte trasera de la Editorial Tor, cuyo frente daba a Río de Janeiro 760. Todas las semanas iba a buscar revistas descartadas, Pif-Paf sobre todo. Seguramente también podría haber conseguido libros. Pero, antes de los diez años eran algo ignoto para mí.

En Pif-Paf leía ávidamente Alley Oop, tan extraño (que allí se llamaba “El hombre de las cavernas”), Sinforoso Peloduro (Chiquito Abner), una de aviones caza (Barney Baxter), a veces Brick Bradford. Me encantaban.



Creo que entonces me compraban (o acaso las compraban mis padres para leer ellos y me las leían) a veces El Gorrión, o Intervalo con El León de Francia. Y, todas las semanas, El Pato Donald (“El pato Donaldo y otras historietas”), de Editorial Abril.






Siento el olor a esas revistas escondido en el fondo de mis recuerdos, uh… La historieta “seria” del Pato Donald era Gene Autry. Mi mamá me leía El Pato antes de que aprendiese a leer. En algún momento tuve en mis manos algún Misterix, seguro Rayo Rojo (la compraba, años más tarde), y algún Cinemisterio, cuyo olor más pesado, más presente hoy que aquellos otros aromas. También andaban por ahí Rojinegro y Mr. Reeder, que leí más tarde. Y Sabú, de ditorial Codex (personaje con dibujos de Carlos Roume y argumentos de Leonardo Wadel).



En Buenos Aires vivíamos en una casa chorizo, donde se alquilaban las habitaciones. Había una mesa de patas art déco, debajo de la cual solíamos jugar terribles aventuras. La más de las veces era una diligencia atacada por los indios. ¡Dale, muchachito!

 “¡Dale, muchachito”, era el grito unísono de los pibes en el cine de la iglesia, cuando veíamos los seriales de cowboys (¿El Llanero Solitario?) y de Dick Tracy contra la Araña. Los curas nos daban un bono en la misa y un bono en el catecismo. Con eso entrábamos gratis. Con un bono pagábamos la mitad y sin bono entrada completa. Nunca pagué nada. Había también un patio, en la Iglesia de los Dolores, por Díaz Vélez, donde jugábamos a reventar, antes de la película.

 

MÁXIMO PAZ

Nos mudamos a Máximo Paz, en 1952. Toda una repentina aventura. Porque no recuerdo ningún preparativo previo. Esas mudanzas sorpresivas se estilan cuando hay alguna deuda pendiente con el encargado, por ejemplo. No puedo asegurarlo.


Ingreso a Máximo Paz, circa 1960


Hasta allí había hecho una vida dócil de niño ciudadano. Casa, vecinos, jardín de infantes, primaria. En los ’40 el Jardín de Infantes no era obligatorio, y había muy pocos, aún en Buenos Aires. Uno de los primeros, fundado en 1921 e inaugurado en 1927, desde 1928 “Andrés Ferreyra”. Era tremendamente aburrido, casi militarizado. En una ocasión me escapé a mi casa, a la vuelta. No se podían masticar los fideos de la sopa, había que beber todo junto, no importa el tamaño. Dormir la siesta en unas reposeras, DORMIR.



 Jardín Nº 1. 1927

 

No se podía andar vagabundeando por las calles, como lo haría en el pueblo. Y el horizonte estaba limitado por casas, no veía amanecer, no oía pajaritos ni volaban teros. En la vereda no crecía manzanilla, tampoco abrepuños, cierto. No se podía atravesar las manzanas en diagonal  (“cortar campo”) para acortar distancias (ahora, siglo XXI, ya no se puede) Entonces HABÍA CAMPO. Inmensidades de campo vacío, con vacas, ovejas, caballos. Se podían criar pollos, patos, conejos, conejitos de la India, chanchos, caballos, vacas, mariposas. Allá lejos se veía el tren, y el silencio pesaba aumentado por la interferencia de las chicharras.

Tampoco había cines continuados, ni iglesias pomposas, ni había que andar siempre limpio y prolijito. Ni radio. Por lo menos hasta que con gran esfuerzo mis viejos se compraron una radio a batería. Había que llevar a cargar esas baterías, al negocio de electricidad de Staniscia, el hombre más culto del pueblo, el que había estudiado (radiotécnico por correo, pero… había estudiado)

Con la radio, seguíamos las aventuras de Tarzán (ya lo escuchábamos en Buenos Aires) La empresa Toddy promocionaba los “Clubes Tarzán”, y a los pibes de la escuela, a la barra del Negro Fiordilino y de Jito Salvatore nos volaba la cabeza. Armé una revista del Club, con una historieta, mi primera historieta: “Capitán Sagitario”, con dibujos míos y copias en carbónico. Fuimos a ver al oficial de policía Sciuto, para que nos asesorara cómo era eso del club. Y dijo que no, que un club no era cosa de niños, que no hiciéramos nada.

LECTURAS INFANTO JUVENILES

Compraba El Trencito de Ginés, que era una revista de entretenimientos, y poco después empecé a coleccionar Leoplán, sus últimos 20 años. A través del gran magazine Leoplán



empecé a tomar contacto con la buena literatura, policiales, aventuras y algo de ciencia ficción. Por entonces me hice un propósito: todo lo que compraba o llegaba de algún modo a mis manos lo leería de punta a punta y sin saltar nada. TODO. Ni notas aburridas, ni avisos, ni notas sociales, ni recensiones incomprensibles. Todo lo leía. Un método extraordinario que, realmente, me convirtió en un erudito. O, al menos, en un escéptico que siempre sabía de qué se estaba hablando. Yo debía enterarme de TODO, y si no lo entendía entonces, con el tiempo me llegaría la luz, y lo sabría: sucedió EXACTAMENTE así. Lo mismo hacía con El Tesoro de la Juventud (una añeja enciclopedia de Jackson que no sólo traía notas de información sino cuentos, extractos de novelas, entretenimientos y juegos), que un viejo vecino, don Germán (no sé si este era su nombre, me suena en el fondo del cerebro; no pude conseguir nadie que lo haya conocido), cuya casa era una de las dos únicas de alto del pueblo, me prestaba tomo por tomo.



Así me fui haciendo fama de sabihondo, de tipo al que se le puede preguntar cualquier cosa, y también de introvertido, raro y –claro- puto, aunque esto último no fue muy grave porque algunas chicas se daban bastante conmigo, seguramente por lo de traga y porque parece –lo descubrí muchas décadas después- que yo era un guachito lindo. Desde luego, las que a mí me gustaban eran las que no me daban bolilla. O que se hacían que no me daban, pero esa estrategia también la comprendería con el tiempo. Solía leer Selecciones de Reader’s Digest, donde se aprendía mucho, además de las maldades de los rojillos y la opresión detrás de la Cortina de Hierro. También leía a veces Novedades de la Unión Soviética, para compensar. A mi vieja no le gustaba nada que leyera tanto. Decía que me iba a quedar “sin vista”, y me sacaba las revistas. El Pato Donald nunca había faltado, y solía intercambiarlo con el Negro y Jito, por otras revistas, incluso alguna Dinamita.






Me “dormía” en las siestas obligatorias y en cuanto oía roncar a mis padres sacaba las revistas de debajo del colchón y leía todo el tiempo. Esa fama de lector hizo que Luis, el diariero, me empezara a ofrecer cosas que aparecían. Compraba a veces la serie Rastros, y hubo una que vino por correo, libritos de cowboys. Un librito de cowboys me duraba una sola siesta. También leí algunos de la serie Pandora, que prometían cosas picantes pero que sólo eran policiales, a veces “un poco zafados”, como los de Erle Stanley Gardner, pero minga de desenfreno. Además compraba Gatito, no sé si siempre, pero solía comprarlo, y sobre todo El Diario de mi Amiga. Recuerdo El Diario de mi Amiga Becky, donde leí por primera vez la historia de Tom Sawyer, y me encantó.




Había otro de la serie de cuya protagonista (en los dibujos de Hugo Pratt) me había enamorado con esa ternura de los amores infantiles. Ocasionalmente leía también Bolsillitos, y llegué a coleccionarlos. También me encantaban los Pequeños Grandes Libros de Editorial Abril. 

 

Así fue que cuando, a mis 11 años, Luis me ofreció una revista de relatos más o menos del tipo de Rojinegro, nueva, rara, la compré. Se llamaba Más Allá (Más allá de la ciencia y de la fantasía), y el primer número tenía una alegoría de estelas de cohetes. Cohetes. De la Conquista del Espacio. En 1953. La Conquista del Espacio era, para mí, Brick Bradford y su Trompo, o Flash Gordon, o Buck Rogers. Pura fantasía.

MÁS ALLÁ

¡Uh! Aún recuerdo la impresión fortísima de Más Allá. Eran historias BUENÍSIMAS. Y rarísimas. Y motivadoras. E Inquietantes. En el primer número comenzaba “El Día de los Trífidos”, nada menos. Y Philip Dick, con Isaac Asimov, Fritz Leiber, próceres que leería toda la vida. ¡“Crónicas Marcianas”, de Bradbury! Y las extraordinarias notas científicas de Willy Ley, con los dibujos realistas (¿cómo hicieron para fotografiar la Luna –pensaba–; con alguna clase de telescopio?) de Chestley Bonestell. Y clarísimas y divertidas Notas al Pie. Y un Correo de Lectores apasionante. Y un Espaciotest donde uno se enteraba de cosas que JAMÁS hubiera aprendido en la escuela. Y menos en la primaria. Y menos a los 11 años.



 

En el número tres apareció una historia, una novela corta, de “Héctor Sánchez Puyol”, “Cuidado con el perro”. Con ilustración de tapa de Csecs. Este era uno de los seudónimos de Héctor Germán Oesterheld.

 

Lo que recién supe en el siglo XXI, de boca de don Boris Spivacow, en su última Feria del Libro, fue que “Ósterel” hacía prácticamente solo el Más Allá, las notas a pie de página, el Correo de los lectores, el Espaciotest. Como hacía buena parte de Bolsillitos, de los Pequeños Grandes Libros, del Diario de mi Amiga, de Gatito y de los Juegos del Diario de Mi Amiga. Es decir, venía leyendo a Oesterheld desde que había aprendido a leer. Y la revista que más me marcó, antes de Frontera... la hacía “Ósterel”... Así lo pronunciaba don Boris. El único que sabía cómo.

 

Más Allá fue el gran disparador de mi imaginación.  Y el origen de una impresionante cantidad de premoniciones cumplidas. Recuerdo el 4 de octubre de 1957, cuando la URSS puso en órbita al Sputnik 1. Recuerdo mi diversión al comprobar que los grandes diarios, como Clarín, NO SABÍAN de qué se trataba. Algunos comparaban el satélite con... ¡la Luna! y decían que “desde ahora” el planeta tendría ¡DOS LUNAS! La mayoría se desayunaba recién de que había un espacio allá en lo alto, pasible de ser conquistado. La verdad, me sorprendió mucho entonces el desconocimiento de los periodistas. Pero con los años (ya lo veremos) supe que LA MAYORÍA de los periodistas son ignorantes, buenos armadores de frases con material ajeno, pero poco investigadores o indagadores de archivo o cuanto más no sea curiosos: “no hay tiempo” es la muletilla común. En Más Allá aprendimos lo que era un albedo, un afelio, una velocidad de escape, qué hallaríamos allá afuera y cómo haríamos para llegar. Cómo habría satélites que retransmitirían las comunicaciones y hasta la televisión… ¡Y todo se fue cumpliendo, una a una, cada previsión! Esas fueron las premoniciones lógicas, porque estaban basadas en investigaciones científicas. Otras mucho menos previsibles eran las derivadas otras ciencias, antropología, sociología (ciencia en pañales entonces), o simplemente de la ficción. La comunicación satelital, el avance de la robótica, el dominio mundial de las Corporaciones, la creación de un mundo “publicístico” predominante sobre el mundo “real” (y obsérvese las comillas: ¿hay UN mundo Real?) También hubo profecías destrozadas y ya incumplibles: en 2010 de Asimov lucha Estados Unidos contra la Unión Soviética. Nadie previó Internet, tampoco. Ni Google. Ni Wikipedia. En lo personal, incluso, hay cosas estremecedoras. En algunas novelas respecto de inmortales o longevos se explicaban los problemas de superar la edad “normal” sin envejecer: la confusión de las personas al relacionarse con el longevo, la muerte de los amigos, queridos o conocidos, el envejecimiento “normal” de los contemporáneos, etc. Eso me pasa a mí, que aparento casi veinte años menos, y debo repetir cada cierto tiempo la muletilla “hice un pacto con el diablo”. Todo eso vino de Más Allá, leída entre los once y los doce años... y luego, a partir de los quince, hasta completar la colección recién en los veinte. Porque al llegar al número 9, en mitad de “La isla del Dragón” de Jack Williamson, mi vieja llevó a la sociedad su inquietud al persistir yo en mi discurso de que “íbamos a llegar a la Luna”. “Mirá el tontito (no se decía ‘boludo’ tan fácilmente): dice que vamos a ir a la Luuuna (dejando caer la mandíbula como imbécil en “Luuu”)” Pobre mi vieja. Murió de 50 años, antes de que efectivamente llegásemos a la Luna. Y digo que llevó su inquietud a la sociedad, porque agarró mi colección preciosa y releída de nueve números y se la llevó al director (y maestro de 5° y 6°), don Miguel Di Maio, a ver qué le parecía lo que leía un chico de 11 y 12 años. El sabio se tomó su tiempo, como corresponde, y dictaminó: “no es conveniente que el chico tenga estas lecturas”. ¡Bing! Llore, patalee, angústiese, pucheree, lo que quiera, m’hijo. El Señor Director dijo que no, y no se compra más. NO SE COMPRA MÁS. ¿Sabría ese boludo lo que estaba haciendo, pobre imbécil, burócrata ignorante? A mí no me arruinó, porque mi mente ya estaba orientada, y era más terca que una mula. Pero, ¿a cuántos habrá arruinado la vida con sus “sabios” consejos? Bueno, espero que a pocos, aunque... la verdad... no tengo muchas esperanzas de que haya habido otro “caso”. ¡Pero si será pelotudo, más de cincuenta años después me sigo indignando, hijo de puta! Gracias por permitirme el descargo. Lo necesitaba.

 

(Investigando para este trabajo, me encuentro con que Miguel Di Maio era un tipo despreciado en Máximo Paz, porque acosaba a las niñas. De hecho, aparentemente fue expulsado por la denuncia de un padre ante el ataque a una compañera de mi mismo grado. No me había enterado, hasta ahora. Me dicen que cerca de diez años después trabajaba como preceptor en una escuela secundaria)

 

Más Allá me permitió saber que el mundo futuro (mi mundo futuro, inmediato) no debía necesariamente pasar por el magisterio o la contabilidad. Que había un universo de ciencia que explorar, múltiples disciplinas, misterios a rolete, laberintos sin salida con gente perdida dentro, vericuetos topológicos del Universo tan apasionantes como el Tesserac de “Estrella, la brillante”, de Mark Clifton (M.A. N° 6), ámbitos misteriosos e impredecibles como los de “La Aguja del Doctor Costigan” (Jerry Sohl, M.A. N° 33 y 34) –¿alguien dijo Stargate?–, estados mentales como los de “Bobby Tiene Tres Años”, de Sturgeon (M.A. N° 14) y luego su “Más que Humano”, leído ya en Minotauro, colección hija de Más Allá. En Más Allá comprendí que había que saber de todo, no para saberlo todo, sino para –como dijo El Cabo Savino, “tener apenas una idea del tamaño de su desconocimiento” (el Cabo Savino escrito por mí, aclaro)– Y que para encarar cualquier tarea había que SABER. Cualquier tarea. Como, por ejemplo, escribir una historieta...

 

Cuando “me emancipé” (es decir, pude disponer de mi propio dinero) volví a comprar Más Allá. Fue el número 48... ¡el último! Era mayo de 1957. La revista cerraba “porque había poco interés”. En octubre se iniciaría la Carrera del Espacio. Entre tantas premoniciones, había faltado prever el enorme interés que surgiría a partir de allí.



 

Hubo intentos posteriores, Nueva Dimensión en España, la propia Géminis que dirigiera Oesterheld, o sus revista-libro Eternauta. Ninguna le llegó a la suela.

 

OESTERHELD

Y seguía leyendo libritos de cowboys. Y un día de 1956 (12 años) apareció una nueva colección, de una nueva editorial: Frontera.

 

“Los tres búfalos levantaron a la vez la cabeza, y miraron con ojos inquietos al solitario jinete que allá a lo lejos, había aparecido de pronto, en el desolado paisaje del desierto.”

 

Oh, oh.

 

“El niño estaba llorando sobre el cadáver delante de su casa.

Oyó el galope de dos caballos y levantó su cara llena de lágrimas.”

“El sheriff tenía la cara cubierta de jabón y afilaba la navaja acompasadamente en el trozo de correa.”

“Jim, el barbero, estaba afeitando al sheriff Bruce Hunter.”

Estos tres últimos comienzos son de un clásico de aquellas novelitas, Keith Luger.

En el párrafo anterior, el inicio del Sargento Kirk, Muerte en el Desierto.




Hay otra cosa, otra situación en el ambiente, otra tensión dramática. Menos crudeza, menos chantar en la cara el tema (sheriff, jinetes) Y el inicio no era nada. ¡La forma de escribir! Esa “música” que decía Antonio Presa que Robin Wood había aprendido (la música, pero no la letra, decía) El desarrollo, los golpes de timón, las sorpresas, los cliff-hanging. Y la amistad, el compañerismo. La SOLIDARIDAD que fluye de cada una de esas historias.

 

No, papá. No, hermanito. Esto es OTRA cosa. Esto es OTRA manera de escribir. ¿Dónde estaba publicando sus novelitas? ¿O lo haría con otro seudónimo? Porque  ”Oesterheld” suena a “Luger”, “Carrados” o “McKennett”. Serán todos norteamericanos. Sí, supongo que sí, también lo debe ser este Oesterheld. ¡Pero esto sí vale la pena leer! No, Luis, no me traiga más libritos, solamente los de esta colección, Frontera...

EL AUTÓGRAFO

Tuvo un destino curioso aquel primer librito, Muerte en el Desierto. Porque, claro, los prestaba a mi barra, compartía con ellos la emoción del descubrimiento. Y Muerte en el Desierto nunca volvió. Mandé un giro a la Editorial, pidiéndolo. Y no vino. Lo reclamé. Y no vino. Al tercer reclamo, me lo mandaron... ¡autografiado por Oesterheld! Años valoré ese ejemplar. No sospechaba, entonces, que iba a valorarlo TANTO.





El mismo mes que cumplí 14 apareció la revista Frontera. Y el mes siguiente Hora Cero.





En esos días decidí mi destino. Yo debía ser historietista, para poder llegar a escribir como ese hombre. Que, ahora sabía, era argentino. Tenía cara. Estaba ahí, en Buenos Aires.

 

FRONTERA

 

De Frontera uno recuerda emoción, intensa, por Ticonderoga. De Hora Cero el olor de la tinta y el papel, como parte del denso dibujo de Hugo Pratt en Ernie Pike. La aventura de Rolo, cercana en los lugares y los temas. Eso era historieta. Mejor dicho, eso NO ERA historieta, no era lo de Bruguera, ni lo de Codex en Sabú ni El Tony verde (aunque con César el Capitán Sin Miedo), ni el Intervalo marrón con El León de Francia. Ni la revista del Superhombre, ni siquiera la de Danny Futuro. Ni Pif Paf, ni Kevin el Denodado de Tit-Bits. Ni El Gorrión, ni El Hombre Murciélago, ni El Espíritu (Spirit) –el “Citizen Kane” de la historieta, dijo Andy Kustnezov: sí–). Aquello NO TENÍA las convenciones que hacían que uno supiera que leía un entretenimiento pasajero, irreal, ubicado en la dimensión abstracta de las historietas, donde las cosas eran blanco y negro y los héroes no comían ni hacían el amor ni iban al baño y donde el guionista podía resolver el salto de un edificio a otro tomándose del revólver arrojado previamente, aprovechando el impulso.

 

El partisano y el sargento peleaban para el mismo bando, pero SE ODIABAN por una mujer. Y LOS DOS MORÍAN, unidos por la misma brisa tramontana que enredaba aquellos cabellos que ya Ana nunca más acariciaría.



El pibe rico, bien pertrechado y provisto de una delicada cultura inglesa, Caleb Lee, se salvaba gracias al tosco mestizo, criollo al fin, cuando los hurones los barrían en el bosque. Un bosque, carajo, que descubrimos con el Negro y Jito en esos días, cuando nos arrastramos por debajo del alambrado de la estancia de Leston, para robar unas cañas. Abierta quedó mi boca al ver caer lentamente las MISMAS HOJAS que caían en el bosque dibujado por Pratt en su Ticonderoga. No, no podía ser. Por más que sucediese en las colonias inglesas de Estaos Unidos, en el siglo XVIII, aquello pasaba EN LA REALIDAD. Las descripciones de Pratt, la historia contada por Oesterheld SUCEDÍA EN LA REALIDAD. Como el zanjón de Rolo, como el micro escolar, como los yuyales de Tip Kenya. Aquella tarde en lo de Leston (que ahora es el Parque El Sembrador y que antes, mucho antes, fuera la estancia de don Máximo Paz) descubrí, de la mano de Héctor, que la AVENTURA no pasa en los libros ni las revistas, sino en LA VIDA COTIDIANA. Todo depende de cómo uno la cuente, la vea, la viva. No, no podremos vivir nunca la invasión de Ellos entre la nieve mortal. Pero, la puta madre, vivimos la Invasión de Ellos en sus Falcons con las armas asomando y sirenas invisibles, con sus manotazos metiendo gente en el piso y pisoteándola, con sus torturas y sus campos de concentración y su silencio. Y SOBREVIVIMOS. Fue una AVENTURA. La más triste, real y terrible aventura que pudimos haber vivido. Y Héctor nos la contó. Antes. Nos preparó para vivirla. ¿Cómo no iba a ser, también él, parte de los Héroes Colectivos, los que quedaron en la memoria, el Continuum imperecedero de la Memoria?

 

Disculpen, me pongo así porque ese hombre me hizo. Más allá de mis padres, más allá del orgullo de venir del viejo Claude, emigrado de Metz, y de Justine Huchot, del pueblito de Sillegny, en la Lorena francesa. O alemana. O franco-alemana (de ahí la extraña “h” del apellido: del dialecto franco-alemán) Más allá de la certeza de lo importante que era el abuelo, de lo profunda y aventurosa de la vida de mi padre, entregado al amor como con resignación. Más allá de la vida exterior de mí mismo. Más allá de todo, mi vida interior, mi aventura de vivir, la hizo Héctor Germán Oesterheld. Desde Bolsillitos, el Diario de mi Amiga, Gatito. Y, conscientemente, con Bull, Kirk, Hora Cero y Frontera. Y luego El Eternauta, Mort Cinder, Sherlock. Pero eso vendría más, mucho más adelante. 

 

Antes de Mariano Chinelli, el máximo Oesterhólogo del siglo XXI, hubimos oesterhólogos que clasificamos, analizamos, destripamos, listamos, recontrareleímos aquellas historietas. En algún lado de mi archivo acaso se esconda aún aquel listado de episodios. Preguntas laterales o centrales, algunas llegadas a la redacción de Frontera, algunas contestadas. Escribía a la editorial, con elogios. Escribí una carta para Alberto Breccia, explicándole que en el espacio exterior las astronaves no hacen estela, porque no hay aire (eso lo sabía por Más Allá). Esa carta nunca llegó a Breccia, pero llegó a María Cristina Gemetro, mi gran amiga epistolar, a quien vi una sola vez, en el cumpleaños Uno de mi hijo mayor.

 

 

A mis relecturas de Más Allá se agregaron mis relecturas de las series de Sargento Kirk y Bull Rockett. Historiazas. Climas intensos. Profundidad. Cosa de locos. Como locos nos volvimos todos, porque no pudimos leer nunca “Águila comanche” ni “Invasión”, los números anunciados que nunca aparecieron. Y, para colmo, ya no eran transcripciones de las historietas, sino novelas nuevas. Cuando leí “Ángeles y Demonios”, de Dan Brown, no pude dejar de reconocer la resolución magistral de “Buenos Aires no contesta”. Tanto ha sido robado el maestro...

 

ESCUELA  SECUNDARIA



Escuela Juan Perón (hasta Setiembre de 1955), Luego José Manuel Estrada

 

Me destaqué bastante, en la escuela secundaria. La directora, Blanca Iribarne, era también nuestra profesora de matemática y de literatura. En matemática me acomodé cuando nos tomó en una prueba un “método para sacar la raíz cuadrada” que ocupaba al menos cuatro hojas. Yo lo resumí en una página y se lo entregué: me miró con mala cara, creyendo que no había terminado y renunciaba a la prueba. Pero me tuvo que felicitar por mi poder de síntesis: estaba mucho más claro que su propia explicación. No sabía ni ella ni yo, que haría de la síntesis mi profesión. En literatura fui su ídolo. Se ve que ya escribía bien, hacía unas composiciones divertidas. Recuerdo que en la práctica de ‘semblanza’ retraté a Nané Chiappe, que era la vocecita del curso. Es decir, la vocecita que uno oía “soplando”, cuando pasaba a dar lección. Hizo historia. Luego, Blanquita me pedía que le escribiera los discursos para las fechas patrias. Allí estaba yo, ‘trabajando’ de escritor.

 

LIBRERÍA DE PEREDO

Otro descubrimiento fue la librería de Pedro Peredo. En realidad era un bazar, pero tenía libros. Estaba en Eva Perón (Libertad) y Belgrano. Con las moneditas que ganaba en mi trabajo, revolvía la batea y siempre me llevaba un libro de Editorial Tor: la serie de Tarzán, libros de Verne. Y, si juntaba un poco más, podía comprarme los tomos grandes, de Dumas, Feval, Dickens. La Colección Robin Hood era más cara, de modo que me dedicaba a Tor.

 

Mi primer libro fue Corazón, de De Amicis, en la Colección Robin Hood.



Yo me había enfermado severamente y el médico dijo que tenía poliomielitis, y que me tuvieran acostado porque posiblemente no volviera a caminar. Así que fue un gran acontecimiento, yo siempre en la cama, atendido por todos. Y, claro, para que me entretenga, me regalaron ese libro. Nunca fue mi preferido: demasiado lacrimógeno. Ah, mi vieja se cansó un día de verme en la cama y fue a otro médico, que dijo que nada de polio, que sólo había tenido “un atracón” de comida. No frecuentaba bibliotecas por entonces (tampoco las había: ninguna en Máximo Paz, posiblemente una en Cañuelas), de modo que los libros que leía eran los que compraba. Salvo algunas excepciones, de gente que me prestase algo. Recuerdo El castillo de Otranto, de Horace Walpole, que me encantó y releí, y no sabía quién era el autor. Ni siquiera el título, es probable que le faltaran esas páginas. Lo cierto es que pasé años hasta descubrir cuál era aquella obra que me había apasionado de chico. Tampoco recuerdo quién me lo prestó. Debía estar muy usado, tengo ese subrecuerdo.

 

ELSA BORRA

En segundo y tercer año mi profesora fue Elsa Borra, que debió ser joven, porque era bonita. Pero lo más importante resultó que era fanática de la ciencia ficción y de Más Allá. Para entonces solía viajar a Buenos Aires y frecuentaba la Feria de detrás del obelisco, que luego se mudó a Plaza Lavalle. Empecé a viajar solo a los once: el cura me mandaba a un convento cerca del hospital Argerich, adonde iba con una cajita metálica para hostias. Me la llenaban y volvía. Casi no hablaba con nadie. Tomaba el tren, el colectivo que me indicaba el cura, y lo mismo a la vuelta. Así que con el tiempo me fui soltando un poco más, y algunos libros provinieron (y la colección de Más Allá) de esas librerías de viejo.

Elsa Borra me impulsó muchísimo en la literatura, la considero un estímulo importante en mi juventud.

 

Ahora bien, yo fui a estudiar al colegio, normalmente. Mi hermano prefirió trabajar en el Matadero San Luis, a pocas cuadras, propiedad de Luis (Cholo) D’Espósito: un galpón de chapa enorme donde él trabajaba de asistente del veterinario, abriendo ganglios y decidiendo, a ojo, si la vaca estaba buena o tuberculosa. Por entonces mi mamá se fue de casa y se llevó las nenas, y mi hermano estaba del lado de ella, pero vivía con mi viejo. Así que, por esas cosas, no fue a la escuela secundaria, sino que hizo un par de años en una escuela “de artes y oficios” que era como un escalón más bajo para la gente que trabajaba. Muchos años más tarde esas escuelas desaparecieron y ésa, la N° 1 de Cañuelas, pasó a ser el Polimodal (y luego la Secundaria) N° 2. Además quería estudiar dibujo, así que consiguió que mi padre le pagara las cuotas del Curso de los 12 Famosos Artistas de la Escuela Panamericana de Arte. Allí estudió mi hermano, el dibujante, por correo. Igual que Lito Fernández, y otros varios famosos. Era muy buen curso. Y si había aptitud nata, se terminaba siendo un profesional.



Yo tenía que aprender a escribir historietas. Y no existían cursos de guionista por ningún lado. Así que (como más tarde convencí a mi padre que me comprara una máquina de escribir, una vieja máquina de escribir Mercedes, de hierro), también conseguí que me pagara el Curso de los 12 Famosos Artistas. Pero al contado. De modo que tuve todas las lecciones juntas. Reflexiono ahora que yo debí tener aptitudes notables para estas cosas, porque las maestras me lo recalcaban siempre, hasta por escrito, y seguramente, mi viejo comprendió eso y me dio una mano inmensa. Y digo esto porque con mi viejo hablábamos muy poco. Lo conocí de muy grande, y era un hombre de pocas palabras.



 

Hice el curso de dibujo, y aprendí tanto como para recibirme. Ni mi hermano ni yo rendimos el examen final, porque esa “matrícula” había que pagarla aparte, sólo para que te dieron un diploma que acreditaba lo que ya sabías: que eras dibujante.

También compré, de la Panamericana el libro “La Historieta Mundial”, muy importante en mi formación y en la de todo historietista de la época (y no sé si de esta, aunque ahora sólo se consigue digital, en Internet) Allí daban los rudimentos de una historia de la historieta, y muchas lecciones complementarias a las del Curso. Y un guion de Oesterheld, donde ilustraba CÓMO se hacían los guiones.

El dibujante salteño Nahuel Sagárnaga ganó un concurso en Fierro adaptando ese guion magistralmente.

 

 

 



 

 

Seguía leyendo historietas. Seguía fanatizado por Oesterheld. Ya sabía cómo escribir historietas. Ahora había que escribirlas.

 

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